Rainer Maria Rilke

Poeta austríaco que se estableció en Suiza y terminó escribiendo versos en francés. Considero que su poesía es de las más finas que he leído, de cristalina belleza, una lección de maestría. Como si a través de sus versos pudiera oírse la música de una sinfonía de notas polifónicas tan frescas, que llenan el alma de felicidad.

La dama ante el espejo

Como en embriagadora especería
desata sin ruido en la fluidez clara
del espejo sus fatigados gestos;
e introduce allí dentro su sonrisa.

Y aguarda hasta que de todo eso ascienda
el líquido; luego vierte el cabello
en el espejo y, alzando los hombros
maravillosos del traje de noche.

bebe callada de su imagen. Bebe
lo que una amante en éxtasis bebiera,
inquiriendo desconfiada; y hace

un guiño a su doncella, si ve luces
sobre el fondo del espejo, roperos,
y lo turbio de una hora trasnochada.

Por ti, para que tú un día llegaras…

Por ti, para que tú un día llegaras,
¿no respiraba yo a media noche
el flujo que ascendía de las noches?
Porque esperaba, con magnificencias
casi inagotables, saciar tu rostro
cuando reposó una vez contra el mío
en infinita suposición.
Silencioso se hizo espacio en mis rasgos;
para responder a tu gran mirada
se espejaba, se ahondaba mi sangre.

¡Qué expresión fue sembrada en mi interior
para que, cuando crece tu sonrisa,
proyecte sobre ti espacio cósmico!
Pero tú no vienes, o vienes demasiado tarde.
Precipitaros, ángeles, sobre este
linar azul. ¡Segad, segad, oh ángeles!

Las rosas

I

Si tu frescura a veces nos sorprende tanto,
dichosa rosa,
es que en ti misma, por dentro,
pétalo contra pétalo, te reposas.

Conjunto bien despierto cuyo centro
duerme, mientras se tocan, innumerables,
las ternuras de ese corazón silencioso
que suben hasta la extrema boca.

II

Te veo, rosa, libro entreabierto,
que contiene tantas páginas
de dicha detallada
que nadie leerá nunca. Libro-mago

que se abre al viento y se puede leer
con los ojos cerrados…,
del que salen mariposas turbadas
por habérsele ocurrido las mismas ideas.

III

Rosa, tú, oh cosa por excelencia completa
que se contiene en sí misma infinitamente
y que infinitamente se expande, oh cabeza
de un cuerpo ausente de tan suave,
nada te iguala, oh tú, suprema esencia
de este flotante ámbito;
de este espacio de amor en el que, apenas se avanza,
tu aroma nos envuelve.

IV

Nosotros fuimos, empero, quienes te propusimos
llenar tu cáliz.
Encantanda con ese artificio
tu abundancia lo había intentado.

Asaz rica para llegar a ser cien veces tú misma
en una sola flor;
es el estado de quien ama…
Pero nunca pensaste en otra cosa.

V

Abandono rodeado de abandono,
ternura contra ternuras…
Es tu interior el que, sin cesar,
parece que se acaricia;

se acaricia en sí mismo,
por su propio reflejo iluminado.
Así inventas el tema
del Narciso que alcanza su deseo.

VI

Una sola rosa es todas las rosas
y es ésta: el irreemplazable,
el perfecto, el dócil vocablo,
que encuadra el texto de las cosas.

Cómo lograr decir sin ella
lo que fueron nuestras esperanzas,
y las tiernas intermitencias
en nuestro incesante partir.

VII

Apoyándote, fresca, clara
rosa, contra mi ojo cerrado -,
parecerías mil párpados
superpuestos

contra el mío, ardiente.
Mil sueños contra mi disimulo
bajo el cual voy, errante,
por el perfumado laberinto.

VIII

De tu sueño asaz repleto,
flor por dentro numerosa,
mojada como una llorona
te inclinas sobre la mañana.

Tus suaves fuerzas que duermen
en incierto deseo,
desenvuelven las tiernas formas
entre mejillas y senos.

IX

Rosa, por entero ardiente y sin embargo clara,
que tendríamos que llamar relicario
de Santa Rosa…, rosa que difunde
su aroma turbador de santa desnuda.

Rosa ya nunca más tentada, desconcertante
por su paz interior; amante última,
tan lejos de Eva, de su primera alarma -,
rosa que infinitamente posee la pérdida.

X

Amiga de las horas en las que nadie queda,
en que todo se niega al corazón amargo;
consoladora cuya presencia atestigua
tantas caricias que flotan en el aire.

Si renunciamos a vivir, si renegamos
de lo que era y de lo por venir,
¿pensamos, acaso, lo bastante en la insistente amiga
que a nuestro lado cumple con su labor de hada?

XI

Tengo una tal conciencia de tu
ser, rosa completa,
que mi consentimiento te confunde
con mi festivo corazón.

Te respiro como si fueses,
rosa, la vida entera,
y me siento el amigo perfecto
de una tal amiga.

XII

¿Contra quién, rosa,
has adoptado
estas espinas?
¿Tu alegría demasiado fina
te obligó
a transformarte en esta cosa
armada?

Pero, ¿de quién te proteje
esta arma exagerada?
Cuántos enemigos te he
sacado
que no le tenían miedo alguno.
Al contrario, del verano al otoño,
hieres los cuidados
que se te prodigan.

XIII

¿Prefieres, rosa, ser la ardiente compañera
de nuestros arrebatos presentes?
¿Es el recuerdo quien te invade aún más
cuando se va una dicha?

Tantas veces te he visto, feliz y seca,
-cada pétalo una mortaja-
en un cofre perfumado, junto a una mecha
o en un libro amado que releeremos solos.

XIV

Verano : ser por unos días
coetáneo de las rosas;
respirar lo que flota en torno
de sus almas abiertas.

Hacer de cada una que muere
una confidente,
y sobrevivir a esa hermana
en otras rosas ausente.

XV

Sola, oh abundante flor,
creas tu propio espacio;
admiras tu imagen en un espejo
de fragancia.

Tu perfume envuelve como otros pétalos
tu cáliz innumerable.
Yo te retengo, tú te muestras,
Prodigiosa actriz

XVI

No hablemos de ti. Eres inefable
por naturaleza.
Otras flores adornan la mesa
que tú transfiguras.

Te ponen en un simple jarrón -,
y he aquí que todo cambia:
es la misma frase, quizás,
pero cantada por un ángel.

XVII

Eres tú quien preparas en ti misma
algo más que tú, tu última esencia.
Lo que sale de ti, turbadora emoción,
es tu danza.

Cada pétalo consiente
y da en el viento
algunos pasos perfumados
invisibles.

Oh música de los ojos
toda rodeada por ellos,
te vuelves en el medio
intangible.

XVIII

Todo lo que nos emociona lo compartes.
Pero lo que te ocurre lo ignoramos.
Habría que ser cien mariposas
para leer todas tus páginas.

Algunas de vosotras sois como diccionarios;
quienes las cortan
querrían encuadernar todas esas hojas.
En cuanto a mí, amo las rosas epistolares.

XIX

¿Es como ejemplo que te propones ?
¿Puede uno colmarse como las rosas
multiplicando su materia sutil
que fue hecha para no hacer nada?

Ya que ser una rosa no es
según parece, trabajar,
Dios, mientras mira por la ventana,
hace la casa.

XX

Dime, rosa, ¿cómo es
que en ti misma encerrada,
tu lenta esencia impone
a este espacio en prosa
tantos aéreos transportes?

Cuántas veces el aire
pretende que lo horadan las cosas
o, bien con un mohín,
se muestra amargo.
Mientras que en torno de tu carne,
rosa, se pavonea.

XXI

¿No te produce vértigo girar
en torno a ti misma sobre tu tallo
para terminarte, rosa redonda?
Pero cuando tu propio ímpetu te inunda,

en tu capullo te ignoras.
Es un mundo que gira en redondo
para que su calmo centro ose
el redondo reposo de la rosa redonda.

XXII

De nuevo, tú sales
del país de los muertos,
rosa, tú que llevas
hacia un día de oro

esta dicha convencida.
¿Lo autorizan, acaso, esos
cuyos cráneos vacíos
nunca supieron tanto.

XXIII

Rosa, que tan tarde llegaste y a quien las noches amargas
detienen con su excesiva claridad sideral,
rosa, ¿adivinas las fáciles delicias plenas
de tus hermanas estivales?

Durante días y días te veo vacilar
en tu vaina demasiado ajustada.
Rosa que, al nacer, imitas al revés
las lentitudes de la muerte.

¿Tu estado innumerable te hace conocer
en una mezcla en que todo se confunde
ese acuerdo inefable de la nada y el ser
que nosotros ignoramos?

XXIV

Rosa, ¿hubiéramos tenido que dejarte fuera,
amada exquisita?
¿Qué hace una rosa allí donde el destino
en nosotros se agota?

No hay retorno. Hete aquí:
con nosotros
compartes, arrobada, esta vida, esta vida
que no es la de tu tiempo.

Canción de amor

¿Cómo sujetar mi alma para
que no roce la tuya?
¿Cómo debo elevarla
hasta las otras cosas, sobre ti?
Quisiera cobijarla bajo cualquier objeto perdido,
en un rincón extraño y mudo
donde tu estremecimiento no pudiese esparcirse.

Pero todo aquello que tocamos, tú y yo,
nos une, como un golpe de arco,
que una sola voz arranca de dos cuerdas.
¿En qué instrumento nos tensaron?
¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido?
¡Oh, dulce canto!